domingo, 22 de septiembre de 2013

CUENTO DEL RECHAZO. La dócil mula. La doctora en psicología.


           Esto que os voy a contar, es la experiencia que he tenido en dos episodios a lo largo de mi vida y que ahora, al pasarme hace poco el segundo de ellos, he recordado nítidamente el primero. Y, los recuerdo, por lo sumamente surrealistas que fueron ambos en su momento. En los dos casos, el argumento, es la enorme arbitrariedad que tienen algunas personas para rechazar a otras sin motivo aparente, y que, por una u otra razón y a partir de un hecho concreto, conversación en ambos casos, ya no quieren verte ni en pintura. Te tachan como si fueras un apestado, y tu te preguntas repetidas veces, pero que le habré dicho a este o esta, para que me huya de esta manera, si creo que me he comportado educadamente y de una forma civilizada.
         El primer caso de este rechazo automático y si miramientos fue en una calçotada a la que, como cada año, fui invitado con mi mujer, a la casa de un buen amigo mío, la verdad es que de amigos tengo pocos, y este, es uno de los buenos. La cuestión es, que aparte de la calçotada, buena donde las haya, mi amigo tiene caballos, de los de cabalgar y unas cuadras donde hay los mas variados y hermosos ejemplares. Yo, la verdad es que no se distinguir los unos de los otros y no se si son para criar, para cabalgar o para domar. Cada año, cuando termina la comida de los suculentos calçots y la carne (que seguro que no es de caballo) mi amigo nos lleva a las cuadras para que contemplemos las últimas adquisiciones.
      Aquel año, aparte de los nuevos caballos, nos presento a un hombre que había contratado para cuidarlos, para la doma y enseñar equitación de alta escuela. El contratado era un tío que, por los visto, entendía mucho de caballos, además el hombre ya tenía pinta de domador. Lo recuerdo como un hombre alto y delgado, de mediana edad, con largas y lacias melenas de color rubio y de como un hombre muy vivido, con varias perdigonadas en las alas que le había dado la vida (esto se nota). Iba vestido con un jersey rojo y pantalones de montar con botas altas, y al que solo le faltaba un fino látigo en la mano (parecía salido de le Cirque de Soleill). A mi, en cuanto me vio, me hecho el ojo, y esto yo lo note. El hombre, además, ejercía de profesor de equitación de las hijas de mi amigo, (mi amigo, cuando contrata a una persona, debe ser poseedora de muchas cualidades que le satisfagan, porque sino de la misma manera que los contrata los despide). Y va mi amigo y le dice al domador de caballos, te presento a mi amigo Eduard que es un gran pintor. El hombre, en un principio mostró un interés por lo de ser artista y ver en mi figura que tenia las piernas ligeramente arqueadas y debió pensar que era de montar caballos (en realidad es de una artrósis severa de rodilla). El domador y yo nos quedamos un momento en un tu a tu, porque mi amigo, con un perdón, nos dejo solos. Yo, bien bien, no sabía que hablar con un domador de caballos, entré otras cosa porque no entiendo nada sobre ellos. Espere prudentemente a que hablará el hombre. Tras un breve y tenso silencio, va y me dice: tu o usted, ahora ya no lo recuerdo. ¿Que tipo de monta hace?. Yo ya intuí, que el hombre, y más en el entorno en que no hallábamos, me preguntaba por el tipo de monta a los caballos. Yo me quede un poco cortado porque no sabía bien bien que responderle, pero por la expresión de su cara al hacerme la pregunta, considere que era de vital importancia que la respuesta fuera la adecuada. Espere un momento, y le pregunte a que se refería, y va y me dice un tanto contrariado: que si yo montaba a la inglesa o a la española. Yo, haciendo acopio de mi memoria y queriéndole dar una respuesta desprovista de ironías ni falsas interpretaciones, le respondí seriamente, que lo único que había montado en mi vida, y en contra de mi voluntad, fue una mula, una mula grande, desde una masía, hasta el pueblo que estaba a unos tres kilómetros y que, a partir de aquel triste y traumático episodio no había montado nada mas. Otro silencio. Además, al ver la cara de perplejidad que puso, le amplíe la respuesta y creo que esto fue peor, y añadí: fue de una forma totalmente contraria a mi voluntad, ya que yo solo tenia ocho años y ni siquiera fui consultado. Fue mi
tío quien me cogió, me monto a lomos de la mula y dijo, no a mi, sino a la mula: que se fuera para la cuadra del pueblo, con lo cual la mula arranco (por lo visto si aquella mula no tenía una misión concreta como de llevar a alguien a lomos o tirar por ejemplo, de un carro, la mula no se movía), y la mula me llevo presta, hasta la cuadra sin que yo pudiera intervenir en nada, ni en la decisión de mi tío ni de la propia mula. Al ver que el domador no contestaba, añadí: (por un instante pensé que estaba fascinado por la propia ingenuidad del relato) creo que fue un acto temerario por parte de mi tío, puesto que la mula, en un ramalazo salvaje, podía haberse tirado hacia al monte conmigo a lomos, o quizás dirigirse en sentido contrario al destino señalado. Un nuevo silencio, y después de mirarme con un cierto desprecio reflejado en su cara, y no decirme nada, el domador me dio la espalda. Bien, pues después del relato, ya no me volvió a dirigir la palabra en todo lo que duró la jornada. Es más, me miro con una especie de odio, por haber perdido el tiempo con un individúo, que sólo había montado una vez en su vida, y además una mula.
          La segunda vez que note un rechazo fulminante, de aquellos de "Vade Retro Satanás, fue en el cumpleaños de una amiga nuestra. Fue un día, que a esta amiga, que había cumplido años, le dieron una fiesta sorpresa (aprovechar para decir que no me gustan nada las fiestas sorpresa, ya que siempre te pillan en fuera de juego) nos convocaron a un restaurante refugio de montaña de los Pirineos, un día que hacia un frío que pelaba, y en el que ni los grajos, ni los lobos se habían atrevido a salir. Al cabo de un tiempo, que se nos hizo interminable, y de haber subido aquella montaña con el coche resbalando por los bordes de la carretera helados, y sin cadenas, finalmente llegamos. Además era el principio de mi diplopía y veía las señales doble. Una vez en el refugio, y después de haberle ofrecido los regalos y felicitar efusivamente a nuestra amiga, junto con un sinfín de amigos suyos, convocados con el mismo propósito, pasamos a dar cuenta de las generosas viandas. Dada la hora, y con el frío que todos los allí presentes habían padecido camino del refugio, el acceso al ágape, se convirtió en una guerra de guerrillas para acceder a los suculentos manjares que nos guiñaban el ojo desde las bandejas. La gente debió de pensar que nos quedaríamos sitiados en aquel refugio de montaña y hacia acopio de lo que había en las mesas. Cuando se calmó algo el ataque a las viandas, nuestra amiga, nos presento a mi mujer y a mi, a una doctora en psicología. A mi las doctoras en psicología siempre me han dado mucho morbo y también respeto. Porque te dices, seguramente me estará analizando esta mujer mientras yo le hablo y sabrá mis interioridades (es como si te hallaras desnudo delante de ella) y claro, por este motivo, tu escoges las palabras y no te excedes, pero eso si, estas en un constante estado de concentración. A mi me presento como escritor y pintor y a mi mujer, como en otro tiempo, famosa modelo. Por lo visto esto despertó la curiosidad de la psicóloga. La señora, de buen ver y de mediana edad, era absolutamente habladora y dicharachera (te contagiaba su vitalidad). Una vez saciado el hambre y con las copas de vino en la mano, no paraba de hacernos preguntas, y yo pensé que ya nos estaba psicoanalizando. Hablamos de cine, de literatura y de nuestros directores de cine favoritos, de pintores, escritores. Parecía la escena de una película de Wody Allen, sólo faltaba el por allí en medio. Llego un punto, que parecía que entre la psicóloga y nosotros se había conseguido la sintonía perfecta. Le dije a mi mujer mira ya tenemos una nueva amistad para el futuro. Yo pensé mira tu por donde le hemos caído la mar de bien y así, si un día tenemos un trastorno mental (nada de extrañar en los tiempos que corremos) nos hará un descuento. La cuestión es que seguimos hablando, hasta que llego un momento de la conversación, que derivo en el estado físico de las personas para disfrutar de la vida, yo lo evitaba pero mi estimada mujer, sacó el tema de que ambos habíamos padecido sendos cánceres, esto si, sin el mal gusto de entrar en detalles. Fue fulminante. Desapareció de nuestro lado, como alma que lleva el diablo. Desapareció hasta de nuestra proximidad y yo hasta me pregunte si se había largado a toda prisa de aquel refugio. Pero no. Porque la seguí viendo departir con otras personas, pero eso si, sin perdernos de vista, supongo que con el propósito de que no nos acercáramos a ella. Es más y puedo decirlo con toda seguridad que, haciendo la prueba de ofrecerle una copa de cava para reanudar la conversación, fue verme acercar y la tía arranco hacia otro lado, cargándose pastelillos y demás canapés de una bandeja. Pensé que en ningún momento le hablé, de que hubiésemos tenido ninguna enfermedad de tipo contagioso. Pero hay personas que son tan aprensivas a las enfermedades, que piensan que si están en contacto con otras que si han padecido algún tipo de enfermedad grave, se pueden contagiar, no tanto de la enfermedad, como de la mala suerte. Pasado aquel sórdido episodio me hizo recordar, que cuando nos toco a nosotros, parte de la gente que mas o menos considerabas amigos ni siquiera te llamaban. Luego al cabo del tiempo, cuando por alguna u otra razón coincidías con ellos, te decían, que es que no sabían que decirte. Pues es tan fácil y sencillo como decir. ¿Como te encuentras?, y si necesitas algo estoy a tu disposición.

  • Moraleja: hay personas, muchas personas, que tienen una especial aversión a todo lo que en su mente no les cuadra y que son tajantes y hasta mal educadas cuando esto sucede. En el primer caso fue un rechazo clasista del domador, hacia un hombre que le había decepcionado, por no saber nada de montas ni de caballos y haberse sincerado contando una historia de mulas. En el segundo caso, a una aprensión a todo lo que oliera a enfermedad (rarísimo en una psicóloga). Todo esto lo cuento a título de anécdota. No tenía ningún interés especial en hacerme amigo, ni del domador ni de la psicóloga. 

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