sábado, 30 de mayo de 2015

LAS TARJETAS DE FROZEN

El ascensor, el cochecito con el bebé y la perrita.

De entrada diré que, de todo lo que pasó en este cuento, yo no soy el protagonista. Pero cuando me contaron la historia, la encontré tan alucinante, que no puedo más que haceros participe de ella, e intentar contarla con el máximo rigor y fidelidad. También, el sentirla un poco como propia, dado a que los protagonistas, no están tan alejados de mi, puesto que son mi yerno Óscar mi nieta Janna y la fiel perrita Lula, una Yitsu de quince años, ya un tanto viejita, con cataratas y sorda como una tapia la pobre.

Este cuento es para todos lo públicos, pero para los que leáis esto, de una edad comprendida entre los treintaicinco y los cuarenta y tengáis hijos pequeños, la podréis entender mucho mejor e incluso, algún día, protagonizar algo parecido (aunque no os lo deseo).

Ante todo, los créditos de este cuento: mi yerno Oscar, de aquellos pocos hombres que pueden hacer dos cosas a la vez (seguro que, aparte de guiar la expedición, en aquel momento iba consultando su smart phone), Aran que sin enterarse de nada iba dentro del cochecito, mi nieta Janna con sus trenzas rubias, su mochila a la espalda llena de juguetes, y barajando unas enormes tarjetas de Frozen en la mano, todo un ángel de seis años que, como futura mujer, hace muchas cosas a la vez o al menos lo intenta (ella era la encargada de la perrita), y finalmente la perrita Lula que bastante tiene con hacer de perrita, y me consta que nunca ha tenido otras pretensiones.

Como veréis en este caso, el yerno (tipo Ben Affleck), un cochecito con un bebé, la nieta y una perrita pequeña de pelo blanco y negro, dan para historias como las que os voy a contar. Aunque es del todos conocida la frase del gran director de cine John Houston, que dijo aquello de: no hacer nunca una película, con niños y perros, porqué o va a resultar un rollo, o probablemente una cursilería. Pero, no creo que sea este el caso. Me voy a arriesgar, a contaros mas o menos, lo que pasó aquel viernes de mayo, de fin de semana y a punto de salir de viaje.

Como he dicho era un prometedor viernes (en un principio todos los viernes son prometedores y llenos de esperanza) por la tarde, de estos en que se ha terminado el trabajo y los niños ya han finalizado el colegio. Algunos viernes, el programa consiste en quedarse en Barcelona, y por lo tanto los apresuramientos no son lo mismo, pero este viernes, era uno de aquellos en que, el programa establecido consistía en pasar el fin de semana afuera. En mi casa concretamente. O sea, que una vez hechos los preparativos, la expedición debía ponerse en marcha sin falta, para cargar el coche, y partir desde Barcelona a un pueblo cerca de Tarragona.

La familia vive en un sexto, de una casa de siete pisos en Mayor de Gracia, con lo cual el uso del ascensor es totalmente imprescindible. Así que, el primer paso consistía en llegar con el cochecito cargado con el bebé hasta el ascensor, bajar y desde allí dirigirse al parking. El cochecito es uno de estos modernos y funcionales (yo no he sabido nunca como se pliegan y moriré sin saberlo) pero también grande, y por tanto ocupando gran parte de un ascensor no excesivamente espacioso. A todo ello hay que añadir una maleta rodante de buen tamaño, la súper mochila de la niña y algún que otro bulto adicional (siempre hay extras).

Antes de ir a los hechos he de mencionar (es importante para comprender lo que viene a continuación) un extracto de la conversación entre el padre e hija antes de acceder al ascensor. Por favor Janna, guarda estas dichosas tarjetas que así no me puedes ayudar. No, las tarjetas las quiero llevar yo. Janna sino guardas las tarjetas no me podrás ayudar y le diré a Àlex que te sustituya. No, responde de nuevo Janna, y coge la bolsa con los cromos de Frozen y se traslada al ascensor. Oscar coge el resto de maletas, bolsas, carro y perra y entra al ascensor.
Ya dentro y como último intento: Janna quieres guardar las tarjetas de una vez. No, ahora estoy jugando...


Al final, Oscar ya a tope, le quita las tarjetas de las manos al angelito y las mete en una bolsa. Por decirlo de alguna manera, había una cierta tensión en el ambiente...Acto seguido entre bronca y bronca cargan el ascensor. No cabe todo, por lo que Oscar sostiene una bolsa encima del carro de Arán con unas sillitas para, si llega el caso, sentar a Arán en la mesa para comer (todo se tiene que prever).

Vamos a los hechos: Llega el ascensor. Oscar abre la puerta y empieza a cargar. Lo primero entra el cochecito. Con el ambiente nuevamente caldeado Janna, en su nuevo intento de volver a coger las tarjetas. Oscar le quita las tarjetas que finalmente se desparraman por el suelo. En medio de aquel clima tenso, y en un espacio pequeño (parecido al camarote de los hermanos Marx) y medio liada con las bolsas del suelo, la Lula sigilosamente va estirando hacia atrás (los perros siempre intuyen el peligro), es decir va reculando hacia la puerta de salida, porque al ver todo aquel panorama piensa que, finalmente va a recibir. La niña acoplada en otro espacio del ascensor y disgustada por no poder jugar con los cromos gigantes, olvidando que tenía como única responsabilidad, cuidar de la perrita Lula e introducirla dentro del ascensor. Hasta aquí, como veréis, una típica historia de fin de semana. Pero sigamos. Ya tenemos dentro de el ascensor, al papá, el carrito moderno con el bebé dormido, y la niña. O sea, que únicamente se trataba de tocar el botón de planta baja, y llegar a la salida.

Acción: papá le da al botón del ascensor. El ascensor se pone en marcha (en una lenta cadencia) y se va en dirección a la planta baja. Y, de repente, el carrito con el niño empieza a levitar. La reacción de Oscar es tirarlo para abajo al tiempo que suelta la bolsa. Sin entender nada el ascensor para en el 5º y Oscar, alucinado, piensa: ¿Que esta pasando?...y como por obra de poderes sobrenaturales, y mientras el ascensor va hacia abajo, el carrito del niño se empieza a elevarse más (como en ausencia de gravedad propio de las cabinas de los astronautas).

La estupefacción del papá es total y no se si, en aquel estado expectante, pensaba ya en poderes extrasensoriales, cuando de golpe el ascensor se para bruscamente, al mismo tiempo que, como en un eco lejano, se oye el desgarrador ladrido de la perrita Lula y cuyo aullido de pánico, no venia del ascensor propiamente dicho, sino del exterior, es decir del punto de partida. El papá mira a la niña, la niña mira al papá. Buscan a la perrita por el suelo. Oscar oye unos gemidos lastimeros que vienen del piso de arriba y saca una conclusión, si gime es que no ha muerto, pero seguro que está agonizando o esta mal herida. ¡Que horror!... y ahora que les cuento a Eva y los niños, como se lo explico..

Desenlace: en un principio y en medio del caos nadie entiende nada. El caso es que, el ascensor se había parado, el coche con el bebé permanece en suspensión. Entonces, se hace visible la correa de la perrita pero sin la perrita, sosteniendo el carrito al aire. Al tiempo que se empieza a deducir que es lo que estaba pasando en aquellos críticos instantes. La correa de pasear a la Lula, estaba partida por la mitad colgando del carrito. Es decir, que dicha correa atada al carro y trabada, había hecho subir al carrito con el bebé mientras el ascensor bajaba. Mientras que el resto de la correa con la perrita Lula, en estado catatónico, y atada a ella, permanecía al otro lado de la puerta, fuera del ascensor, o sea en el punto de partida, quizás pensando en su último momento de su vida perruna, en este mundo cruel de ascensores.

Pero, en aquel momento, la suerte estuvo del lado de Lula, ya que el mosquetón metálico de la correa (no debía ser de los chinos), al quedar trabada en la puerta paró al ascensor. Una vez visto lo que había pasado, Óscar le da al botón del sexto, regresando así al punto de partida. Al abrir la puerta se encuentra con la perrita que, de rodillas (no porque se hubiese puesto, sino porque estaba trabada al mosquetón) todavía aullaba. Para Lula, la puerta del ascensor hubiese sido como la novena puerta. De allí no habría pasado.

Con todo el guirigay sale un vecino con cara de colocado y los ojos medio cerrados (siempre hay un vecino expectante). Se queda a media puerta sin decir nada. Tiene cara de pocos amigos. Se mira a Oscar, a la niña y a la perrita aun temblando. Luego le da un vistazo al ascensor, repleto,

con el cochecito. No hay nada más que ver, no hay víctimas. Cierra la puerta de la misma manera que la ha abierto: sin decir nada. Y menos mal, porque no se como hubiese reaccionado Oscar.

Ahora, después del delirante suceso, a la perrita Lula se le prodigan toda clase de atenciones y, sobre todo, cada vez que hay over booking en el ascensor, se verifica si ella también está. El ángel sigue coleccionando y cambiando las enormes tarjetas de Frozen.

Moraleja: no hay ninguna. Es la vida. 

miércoles, 27 de mayo de 2015

viernes, 22 de mayo de 2015

CUENTO DE PRIMAVERA. El pescador de Cambados

El pescador de Cambados

Este cuento va dedicado al pescador de Cambados, así como a todas las personas que aman y tienen la gran suerte de vivir de su profesión.

Este encuentro fue un día del mes de mayo, con un pescador de Cambados, en nuestro último viaje a Galicia. Tengo que decir, para quien no lo sepa, que Cambados esta situado en las rías baixas cerca de Pontevedra. Es un pueblo grande, de pescadores y viticultores, y también cuna del famoso vino blanco de Albariño (que ahora, y por desgracia, el mejor se lo beben casi todo en Nueva York). En Cambados, cada año, a principios del mes de agosto, hacen la fiesta del vino, la cual recomiendo fervorosamente, porque es un gran acontecimiento donde se combinan los mejores vinos blancos de la región, con el sabroso marisco de las Rías baixas.

El día amaneció soleado y decidimos acercarnos a la feria del pueblo (en Cambados hay feria los martes). Así, y mientras Montse se iba de ferias y al mercado de abastos, cosa que le encanta, yo mientras tanto localizaba un paisaje en la zona portuaria para hacer una acuarela. Después de andar durante un rato, finalmente me sitúe en la parte vieja de Cambados, donde había barcas y pequeñas casitas de pescadores. Allí realizaría una de mis acuarelas, de las llamadas de veinte minutos. Sabia que disponía incluso del tiempo suficiente como para hacer no una, sino dos.

Cuando digo veinte minutos, es por el tiempo aproximado que tardo en realizarlas pero no así de los preparativos. Antes de abordar la acuarela me paso un buen rato admirando y viviendo el paisaje. Ademas, en Galicia y frente al Atlántico, debes ir preparado porque de repente tanto te puede hacer viento como caerte un chaparrón. Así es que me senté enfrente al viejo pueblo, donde hay un pequeño puerto con unas casa viejas de pescadores y unas barcas amarradas, además de una zona marítima con barcas y lanchas. Las lanchas motoras no me interesan, pero si las barcas y las casitas de pescadores.

Ahí estaba yo en la faena, abordando la primera de las acuarelas, cuando por la espalda oigo la voz de un pescador, que me dice en un tono festivo y de exclamación. ¡Hay mira tu el pintor como esta pintando las barquiñas!. (todo ello recitado en voz alta y sin un ápice de timidez). Yo de entrada, ante lo que interpreté como un prometedor encuentro, y dado la animosidad del pescador, le respondí un: buenos días pescador, con un también marcado acento gallego. Tengo el defecto o quizás la virtud, de que las lenguas de allá donde voy se me pegan como lapas, instintivamente y sin siquiera yo proponérmelo. Es curioso, pero al rato ando hablando como los lugareños, sea en andaluz, gallego o portugués.

El pescador se quedó un poco parado ante aquella contestación efusiva y con aquel extraño acento gallego. Pero el hombre, curioso él, continuó mirando la acuarela y de como pintaba el paisaje. Al cabo de un rato de mirar en silencio, va y me dice. Oye pintor, tu estas pintando las casiñas y las barquiñas, que esto yo ya lo veo, pero, ni las casiñas ni las barquiñas se parecen. Y yo, al tiempo que iba trabajando, le respondo: es que las casiñas y las barquiñas yo me las imagino y las pinto a mi manera. Y me contesta el pescador. ¿Pero si las barquiñas son blancas porque tu las pintas rojas pintor?. A lo cual le respondo: pero yo las pinto con el color que quiero y pongo y quito con total libertad. Y el pecador me responde ¡Ah carallo pintor! entonces tu vas a un sitio y pintas las cosas que ves, pero lo pintas como te da la gana. Y quitas unas cosas y pones otras. Así es, le respondí. Y después de un silencio y de un periodo de reflexión por parte del pescador. Me dice: pero esto es raro carallo, Porque si estas aqui, ¿no es para pintar lo que ves?. A lo que respondí, si, pero yo soy libre de pintar las casiñas y las barquiñas como quiera, es decir como yo lo veo, e incluso de cambiar el paisaje. Después de la última contestación vi, de reojo, como recogía la cesta que, por su olor, no podía se mas que de pescado y que se disponía a irse. Incluso pensé que estaba algo contrariado por haberle cambiado en mi acuarela su paisaje habitual


Pero de nuevo oí su voz que decía. Entonces lo puedes pintar de una postal y no estarías aquí pasando frío (es curioso, pero con esta conclusión y sin el saberlo, el pescador definió como el pintor francés Maurice Utrillo pinto todo Paris. Con postales). A lo que mi respuesta fue: pero yo lo que quiero, mas que nada, es vivir el paisaje contemplando las casiñas y las barquiñas. Entiendes, vivir este momento y oler el mar. ¡Hay carallo! los pintores ya sois gente rara ya. Y luego tu que haces con estas cartulinas, las vendes o que (estaba intrigado, aparte de mi forma de trabajar, con el destino de las acuarelas que el hombre llamaba cartulinas) Yo le respondí, siempre con el acento gallego en boca, a veces si a veces no, depende (como veréis la conversación se desarrollaba al más puro estilo gallego). Ah carallo! entonces tu haces lo mismo que yo con el pescado. Si es bueno lo vendo y sino va a parar al mar para carnada. Si contesté yo, es mas o menos lo mismo. Yo si las cartulinas me salen bien las vendo y sino las guardo. Toda esta charla con el pescador fue en gallego (el mío con mas o menos fortuna) y siempre hablando con aquella imitación.

El hombre ya un poco intrigado, me dice, oye pintor, tu tienes un acento raro eh, ¿no serás portugués? me pregunta y yo le respondo que no, que no soy portugués. Entonces me pregunta: ¿pues y de donde eres pintor? y yo le digo de Olot y me dice y esto donde para y yo le digo en Cataluña. Entonces el hombre se altera y me dice ¡Hostia, carallo, no me jodas! no serás independentista!. Que todo el santo día esta este rollo en la televisión. Yo le respondo que no, que no soy independentista y que soy de todo el mundo allá donde voy con mis acuarelas. Pero serás de una región no, y yo le digo: la mejor región es en la que vivo en cada momento de mi vida como ahora, hablando contigo y trabajando. ¡Ah carallo! pues tienes razón pintor, yo donde vivo como tu dices es en el mar, pescando, y me da igual que sea este mar o cualquier otro, que he pescado en varios, lo bueno es que haya pescado. Si amigo le respondo, lo bueno es que haya pescado, pero también casiñas y barquiñas eh!...para pintarlas del color que yo quiera.

Finalmente el hombre se despidió. Y como colofón me dijo. A ver si un día te veo en la televisión, en una de estas entrevistas con gente del arte. A lo que le respondí: es mas fácil que me vuelvas a ver pintando barquiñas. Vaya con Dios pintor me dijo, adios pescador le respondí. El no me preguntó mi nombre ni yo el suyo. Mejor así, pensé yo. 

sábado, 16 de mayo de 2015