miércoles, 25 de mayo de 2011

Janna


Janna

Esta tela esta representada por Janna, mi nieta, de la cual soy el padrino. El cuadro se titula Janna. Una niña en primer plano pisando la arena de la playa a la salida del sol, con el mar a sus espaldas. Es todo lo que quería representar: el primer sol iluminando la maraña de sus cabellos reflejando unos colores que van desde el amarillo de nápoles a los ocres dorados, todo ello matizado por una luz azulada que viene del cielo y del mar. Al contraluz, su cara y el torso están pintados por una gama de indefinidos colores. A sus espaldas, el mar iluminado por la fuerte luz de la salida del sol refleja por azules que van del ultramar al turquesa con el blanco de las crestas de las olas.

Todo lo estrena este criatura con sus pelos rizados. Estrena la vida, los olores del mar, las pisadas por la arena que se empieza a calentar con los primeros rayos del sol. Y todas estas sensaciones van quedando registradas en su memoria.

Quizás, un día, cuando Janna tenga mis años, estos recuerdos, estas sensaciones, le darán la misma alegría que me dan a mi ahora: la de haber sido un ser muy afortunado por haber podido disfrutar de la vida cerca de este estimado mar.

Y una esperanza: espero y deseo de que, los llamados seres humanos, no seamos tan tremendamente imbéciles como para terminar con todo esto.

Venecia 1


De este viaje sólo pasaré imágenes por aquello de que: una imagen vale... (si es que la imagen lo vale, claro)

lunes, 21 de marzo de 2011

Cuento de primavera


El internista

Un día soleado en una primavera cual esta, estaba yo jugando a tenis playa y vi como, de pronto, me venían dos pelotas de golpe. Al quejarme y decirles a los del otro lado de la red que dejaran de hacer el indio y no tiraran dos pelotas a la vez, me respondieron que no, que en realidad estabamos jugando con una sola pelota. Mierda me dije, ya me he vuelto tonto. De camino a casa pude comprobar como efectivamente las cosas estaban dobladas como si hubiese bebido. Al tratarse de un tema relacionado con la vista, me fui al oftalmólogo. El oftalmólogo me dijo: mire aqui estas letras y ahora los numeros más pequeños y los vi todos bien. El hombre me iba tapando ahora un ojo y ahora el otro y al final me dijo: ahora con los dos abiertos que vé. Miré a la pantalla y estaba todas las letras y los número doblados y entonces me dijo: tendrá que ir a ver a un neurólogo porque esto parece una diplópia (que es como ver doble pero sin haber bebido) y añadio: esto es algo que a mi ya se me escapa.

Fui al neurólogo. El neurólogo, muy seguro de si mismo, me dijo: vamos a buscar la verdadera causa de esta diplopía. A mi, aparte de saber la verdadera causa de la diplopía, lo que quería era ver normal (hacía días que no ganaba una partida intentando cazar la bola real) y además tenía que ir a casa conduciendo con uno cerrado y el otro bien abierto para saber cual era el coche verdadero (muchísimo mas peligroso que lo de las dos pelotitas). Se tendrá que hacer una resonancia craneal me espetó el neurólogo. Así pues, un día me pusieron en el tunel de un sofisticada máquina durante un buen rato. Diagnóstico del radiólogo: no hay nada. Pero coño, yo seguía viendo doble y sin poder ganar una partida. Y entonces el médico me dijo tendrá que ir al internista. Ah amigo! Recuerda esta palabra, y te lo digo muy en serio; si alguna vez te dicen esto date por jodido porque quiere decir que no hay ni dios que sepa lo que tienes y entonces, como último recurso para que no te vayas del centro, te mandan al internista.

El internista es el personaje clave, el comodín del juego. Está integrado en un clínica o en un grupo médico de estos que todos los servicios están en el mismo centro (estilo americano) para poder cumplir con todos los pacientes de las mutuas: desde el neurólogo hasta el podólogo; es decir desde la cabeza a los pies. Ahí amigo empieza el baile, porque el tío te van pasando de un medico a otro como si fueras una peonza y vas haciendo todo el circuito de la clínica hasta que no te queda ninguna especialidad por ver; te hacen resonancias, tacs, tomografía computerizada del tórax, las uñas, analíticas completas porqué hasta te miran si tienes el sida, te mandan al neurólogo al digestólogo al nefrólogo, al cardiólogo, al de vascular y hasta al psiquiatra, así hasta que no queda ni un médico, ni un solo departamento del mismo centro que no te haya hecho sus pruebas pertinentes. El internista es un personaje que tiene tanto poder que te puede mandar a que te hagas hasta una colonoscopia por el tema de la doble visión. Si si una colonoscopia por ver doble a indicación del inefable internista.

El día de la colonoscopia entré en una sala con una bata de estas que te cubren por delante pero que llevas el culo al aire puesto que vas sin nada debajo. Y curiosamente cuando entré en la sala (bastante jodido por cierto) todos los que estaban allí estaban con una sonrisa que parecía la del joker de las películas de Batman, incluidas las enfermeras (se entiende que para parecer amables ante lo humillante de la prueba). Bueno, sigamos; me tienden en una mesa que tenía un hueco entre las piernas. Y va el tío, el que sin duda era el jefe, el más sonriente de todos, y me dice, relájese, (me debió ver tenso de cara y se supone que con el culo prieto): ahora le dormiremos y le haremos una exploración completa. Yo al médico lo veía doble pero cerré un ojo para fijar la vista y ver que cara ponía y seguia con la sonrisa de oreja a oreja. El tío me dice: si hubiese algún pólipo en el cólon se lo sacaríamos en el proceso de la exploración. Ah, porque además para curarse en salud y evitarse posteriores demandas por negligencia te hacen firmar unos papeles en unos momentos que firmarías tu sentencia de muerte sin darte cuenta. Esto hace que eximas de toda responsabilidad al cuadro médico y de esta manera, a pesar de lo que hagan bien o mal, puedan seguir sonriendo. Yo me dormí y luego cuando paso una hora me desperté en otra sala llena de cuadros impresionistas (en estos centros los Van Ghog, Monet, Sisley estan siempre presentes) y al cabo de un rato se me aparece el mismo médico aún con la sonrisa en la cara y me dice que este tranquilo, que no tengo nada en el cólon, ni siquiera pólipos, y que la exploración ha ido muy bien; yo entonces, alterado y un tanto humillado, le respondo: oiga doctor es que yo lo que tengo es visión doble en el ojo izquierdo no en el ojo del…y ante la posible grosería que iba a soltar el tío me corta y me dice: si, si, lo entiendo, pero mire usted: lo importante es ir descartando. Ah, y saben como empezaba el informe que me dieron, decía: Entra el dedo y sale limpio… O sea que el tío de la ancha sonrisa no sólo me metió el tubo con la cámara por el culo, lo primero que hizo fue meterme el dedo, y vete a saber tú cuantos sonrientes tíos de aquella sala me lo metieron…

Pues nada más amigos OJO cuando os digan que estáis en manos del internista. Negaros en redondo porque se trata de un personaje sumamente peligroso.

viernes, 4 de febrero de 2011

Cuento de invierno





El espantapájaros


Un día, harto ya de ver la terraza de mi estudio, la que da a poniente, muy cagada por los pájaros, (ver las puestas de sol con el suelo enguarrado no es lo mismo) se me ocurrió la más vieja de las ideas para espantar pájaros: plantar un espantapájaros. A partir de aquí, me puse manos a la obra. Con una vieja camiseta con publicidad de coca-cola, una especie de bastidor de maniquí, una antigua pala de jugar tenis playa de madera en la que pinte una cara y le calé una gorra, y el palo de una escoba de fregar simulando una escopeta, lo tuve terminado. Al espantapájaros le puse de nombre “duardito” que así es como me llamaba uno de los socios principales de la agencia en la que yo trabajé; como el hombre era pequeñito medía 1,65 a lo sumo y yo 1,90 (aun los mido aparte de algún centímetro que me haya encogido) llamándome con el diminutivo le parecía que me ponía a su misma altura.

Pues bien a lo que íbamos; el tema del espantapájaros, en cierta manera, dio resultado. Los pájaros, efectivamente, se espantaban con la presencia de “duardito” y ya no se posaban en la antena de la tele para hacer sus descargas en forma de cagadas de todos los tamaños.

¿Lo había conseguido, tendría mi terraza limpia al fin?... Pues no. Había un maldito pájaro moteado (era una especie de perdiz pero fea, muy fea) con un pico largo y desproporcionado y amarillento que le hacia caso omiso a “duardito”. El maldito pajarraco seguía jiñándose subido en la antena tal como si nada. Me olvide de decir que antes de la presencia de “duardito”; en la antena había puesto unas hileras de afilados pinchos recomendados por la eficiente encargada de Leroy Merlin (la especialista en plagas) y que, anudadas con bridas, debían servir en teoría para que los pájaros no se posaran en la antena (pero fue un fracaso) no había nada que hacer; los muy guarros seguían acomodando su culo entre las hileras de afiladas púas y cagándose desde lo alto de la antena a la terraza.

Un buen día (si tienes paciencia siempre amanece un gran día) en un descanso de pintar planee el escarmiento del pájaro moteado (mi teoría es que no se puede pintar concentrado más allá de una hora y media, dos a lo sumo, por lo tanto lo que hago es parar y buscar descanso mediante la lectura, escuchando música o con alguna acción de tipo bélico). Así pues, con mi 38 de balínes (una Smith Wetson de 10 disparos reglamentada por la GU) espere detrás de mi amigo “duardito” a que llegara el pájaro moteado (tenía siempre la caguera a la misma hora; se podría decir que iba como un reloj). No tardo mucho en venir después de haberse dado un atracón de aceitunas en una parada de olivos justo delante de la casa. Luego, en un aterrizaje fatal como siempre, se posó toscamente (no he visto jamás a un pájaro mover las alas de una manera tan torpe, el tío aterrizaba como podía) en medio de los alambres de púas y acto seguido acomodar su culo cagon, sin pincharse. Bueno, pues a lo que íbamos, cuando se puso en posición de jiñarse le arree un tiro en el mismísimo culo. El pajarraco de marras dio un brinco al tiempo que lanzaba un cabreante graznido cayéndose a la terraza. Entonces me dije –es tu final maldito pajarraco, ya no te volverás a cagar más– y cuando le iba a dar el tiro de gracia, el puto pájaro me miro a los ojos; mira que los tienen pequeños pero yo vi como me miraba directamente a los ojos. En aquella fracción de segundo, pensé –mira que es raro el cabrón de pájaro con este plumaje moteado y este pico tan largo– y me dije: mira que si es de una especie protegida o está en fase de extinción y me cargo al último ejemplar también sería triste que... y en medio de este pensamiento y todavía apuntandolo vi claramente como retrocedía (hasta podría decir que andaba para atrás para no perderme de vista, pero esto no lo puedo confirmar dada la tensa situación del momento) y entonces se coló entre la celosía de la terraza y echo a volar dando una graznido que me sonó como un fuerte insulto (hp) o quizás me daba las gracias por mi sensibilidad para con las razas protegidas.

Después del susto, no lo he visto más al pájaro moteado. Porque, alguien sabría decirme, (por la descripción del mismo) a que extraña raza puede pertenecer este pájaro y en todo caso si alguien sabe si se trata de una especie en vías de extinción (es por si vuelve, saber a que atenerme).

jueves, 13 de enero de 2011

El pincel japonés

















































Tengo dos buenos amigos algo más jóvenes que yo. Estos dos buenos amigos van, siempre que se les presenta la ocasión, al Japón. Y digo esto porque Japón ha sido un país siempre admirado por mi.

Un pintor, un diseñador gráfico, sabe el valor de la síntesis en el arte, de la esencia de las formas, de la extraordinaria capacidad para el dibujo que tienen los japoneses. Ellos miran, observan concentrados un paisaje o personajes, las olas del mar o las plantas pero sin actuar, sólo observando, y luego, con sus mágicos pinceles mojados generosamente de color, esbozan en el papel como si se tratara de una afilada catána, en donde dejan la esencia mágica de lo plasmado.

Pues bien a lo que íbamos, mis dos buenos amigos, en una de esos viajes me trajeron unos pinceles (que son blandos y acaban en punta). Yo no soy un tipo de cosas blandas para pintar; más bien me gustan los pinceles usados y apelmazados como el de la derecha de la foto. Pero esta vez me dije: si te han traído un pincel japonés úsalo porque ellos (son inteligentes los tíos) creen que quizás con el puedas hacer algo. Lo probé, y como se que a mis amigos les gustan las mujeres (mucho, al menos tanto como a mi) hice una serie sobre el baño (recordando a Degás, pero ahora con la modelo en la ducha, no lavándose en barreños como antaño). Y el resultado es esta serie de trabajos que muestro aquí en esta entrada.

Yo no creo que nunca vaya al Japón porque le tengo un pánico bestial a los aviones y ahora que me he jubilado (después de 50 años trabajando, y de no disponer de alas) y al haber pasado varios trances amargos de salud, me jodería enormemente que el airbús de turno no llegara a buen aeropuerto.

Así pues esperaré que ellos me cuenten cosas de este fascinante país que es Japón. Mientras tanto mirare sus grabados, veré sus películas, comeré el sushi y el maki, y hasta quizás me haga un autorretrato con los ojos ajaponesádos (como se hizo el admirado Van Gogh). Contemplaré los macacos de cara roja en reportajes de la BBC. Y esperaré que un día (cuando ya sea mas mayor y haya aprendido más) pueda trazar con la sabiduría de un artista japones.

A los que miréis este blog decirme (después de lo visto) si me debiera cambiar al pincel japonés o ya estaba bien el anterior. Gracias.

lunes, 10 de enero de 2011

DESPEDIDA (hasta pronto)

A Newton 21.

Gracias amigos por la hermosa despedida del otro día. Fue sumamente emotiva para mi y os estaré agradecido para siempre. Hay días en la vida de uno que son importantes y marcan toda una trayectoria profesional; y este ha sido uno de ellos sin duda alguna.

Las palabras de Enric y las de todos en general reflejadas en el impagable bloc, han sido para mi el colofón que llevare en mi como un tesoro tanto más apreciado que el reloj que ahora luzco orgulloso en mi muñeca y que hará que cada vez que mire la hora piense en el extraordinario grupo humano que hay en Newton 21.

Los años te dan algo de sabiduría y, por lo que intuyo, al ver la calidad del equipo que en estos momentos hay en la agencia pienso que de cara al futuro y con los nuevos proyectos que se presentan las cosas os van a ir bien. Yo al menos así lo deseo. Que tengáis toda la suerte del mundo. Os lo merecéis.

Edu

martes, 21 de diciembre de 2010

Mi particular cuento navideño


El corc que se me comía el caballete

Esto que voy a contar no contiene ningún mensaje ni nada parecido, es simplemente una historia entre un corc, mi caballete de pintar cuadros grandes y yo.
Hace ya algún tiempo (la primera vez que me di cuenta estaba trabajando el cuadro de la “manzana de la discordia”) escuché un ruido que no venía de la música precisamente. En el silencio de la noche y totalmente concentrado en los detalles minuciosos del cuadro (estaba en la fase final del mismo) oía aquel crec, crec, crec, crec…que seguía y seguía. Aquel sonido repetitivo me hacía perder la concentración. Me pareció identificar aquel ruido con el que hace un corc cuando va royendo lentamente la madera. Incluso baje la música para poderlo oir mejor pero curiosamente, al poco rato de bajar la música el ruido remitía; es decir que el corc al margen de su trabajo normal (el de hacer túneles y de paso alimentarse de la madera) tenía una debilidad, manifiesta por la música de Bach (aquella sinfonía por lo visto le estimulaba); cuando Juan Sebastián Bach sonaba en los altavoces de mi Ipod, el corc se ponía ha trabajar como un poseso.
Mi caballete es grande y dispone de una manivela con la que puedes subir y bajar la tela. Uno normalmente no se fija en su caballete; se limita a poner la tela y pintarla. Pues bien aquel día mire el caballete con detenimiento. Estaba plagado de cientos de agujeros de no se cuando tiempo. Por lo tanto si no quería ver un día como se desmoronaba mi querido caballete (le tengo mucho cariño a este artefacto puesto que me lo regaló Montse al principio de nuestra relación y de esto hace años muchos años, como conformidad a ser la mujer de un pintor que es tanto como decir: querido, si quieres pintar pinta y si nos morimos de hambre no pasa nada), bien entonces comprenderéis el afecto que le tengo y mi obstinación en salvarlo. Así pues la batalla estaba servida.
Asesorado por la encargada del departamento de Leroy Merlin compré un tapaporos de madera para obstruirle su paso de las galerías y un arma mortífera llanada Carcomin (el nombre lo dice todo). Así pues, bien equipado, me dispuse a plantarle cara al corc. La táctica consistía en ir tapando pacientemente agujero tras agujero con la masilla. Al mismo tiempo que, con una cánula delgada al uso, la iba introduciendo por los agujeros y pulsaba el tóxico spray en el interior de las galerías. Esta operación la tuve que repetir infinidad de veces ya que el corc no se daba por vencido y de nuevo oía el maldito crec, crec, crec (siempre de noche y al compás de Bach).
Al fin, un día por la mañana, cuando subí las persianas y entró la luz al estudio lo vi. Vi un pequeño bultito de unos tres milímetros que sobresalía de uno de los agujeros. Era el corc, el pobre estaba tieso. Y, queréis que os diga una cosa, entonces me dio pena haber abatido a mi enemigo; al compañero de tantas noches con sus crec, crec, crec y sin embargo una vez que lo había vencido me sentí mal e incluso para acallar mi conciencia he llegado a pensar que murió de un atracón desmesurado de madera de mi caballete o quizás de viejo porque ¿alguien sabe cuánto tiempo vive un corc?.

Bueno, al menos le he hecho un dibujo como testimonio gráfico de un corc, fan de Bach y que, eso si, murió trabajando.